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MIRAR EL MUNDO


La teoría es una actividad que no se puede separar de su origen griego. J.L.Pardo ha explicado muy bien en su ensayo la regla de juego el fundamento mismo del mirar del pensamiento, es decir, de la teoría, ya sea política, ética o literaria, y su dificultad de hacerla y de hacerla útil, de enseñarla y de aprenderla. Este tema no es nuevo pues data ya de la Antigua Grecia al igual que la ciudad, la polis, que es la otra característica definitoria de Occidente. Precisamente Aristóteles diferenciaba Poiesis, Praxis y Teoría que se refieren a las tres formas de actividad esenciales para los griegos: la vida técnica centrada en la producción; la vida práctica, centrada en la ética y la política, y la vida teórica o contemplativa que supone la reflexión sobre los otros dos tipos de vida.

Hay que recordar en primer lugar, que Poiesis que en nuestra lengua ha dado poesía en su origen significa creación en general. La vida poética es, pues, la productiva, la centrada en la fabricación de objetos externos al propio productor. Por su parte la praxis, la práctica, es una actividad cuyos efectos recaen o se predican sobre la persona del que lleva a cabo dicha acción; sus dos formas esenciales son la ética y la política: el arte de desarrollarse y mejorarse a sí mismo mediante el cuidado de sí y el arte de gobernarse los hombres a sí mismos en la sociedad. Poniendo un ejemplo: Creación o fabricación poesis se da cuando alguien crea algo, un mecanismo circular que gira con las manos, manivelas, o con los pies, pedales, o también unos versos y la praxis por otro lado sería toda la política de cómo y por donde circular, competición, medidas de seguridad, qué rango tiene el que lo practica, qué se permite en la preparación, qué es el dopaje, o también qué es arte, qué no alcanza o cumple eso, géneros, ediciones, etc.

Por último, además de la poiesis y la praxis estaría la teoría, etimológicamente la mirada, que relaciona a los otros dos. Así decimos este pedalear es de un ganador de tour, o también este manuscrito va a ser un superventas o un best seller. Es decir que su estatuto es propiamente casi el de no ser, es un fantasma que sólo une, es sólo nexo que une o separa. Pardo siguiendo a Aristóteles señala que si la poiesis recae sobre el sujeto y su esencia, y la praxis es predicado, la teoría une y consolida a ambas en el juicio, S es P., o X es igual a Y en función de tal o tal variable.

La teoría une dos elementos, creación o acción productiva que es como un juego, y dos la praxis o política que es como las reglas o conjunto de reglas de ese juego. Este esquema triple de los griegos se explica mejor para Pardo siguiendo la metáfora witgensteiniana que interpreta la teoría o la filosofía, lo que viene a ser lo mismo, como el cuaderno de un antropólogo que analiza las prácticas (juegos) de los nativos, y explicita sus reglas que son implícitas para los actores.

Efectivamente vemos al explorador haciendo preguntas a los nativos y estos contestando con naturalidad y al primero tomando notas. Si bien es cierto que no será fácil que se reconozcan los nativos en el cuaderno ni al lector del cuaderno a los nativos si los llega a conocer, estamos de acuerdo con que todo aspecto o esfera de la vida se puede comprender como un juego que va a comportar su regla y viceversa. La teoría se describe como esta tarea del explorador de desentrañar no sólo las pautas estructurales sino las reglas que trabajan por debajo. Pero no pensemos sólo en las sociedades antiguas o primitivas también en las nuestras, las modernas, jugamos dentro de unas reglas, y analizamos las jugadas y sus resultados dentro de ese marco.


El juego 1 es el que practican los nativos sin saberlo; el etnólogo practica un juego 2 que refleja el juego 1 y hace explícitas las reglas del juego uno que estaban implícitas.

De modo que para alcanzar la primera fase de nuestro viaje con Pardo podemos deducir con él que hacer teoría es preguntar ¿cómo se juega a este juego? ¿Qué reglas del juego rigen los juegos literarios por ejemplo o deportivos? Y así la teoría sería como el explorador que se pregunta a que juega el autor y con qué reglas, qué respeta, qué deja fuera, que potencia, que tiene prohibido, y buscando las reglas del juego estaremos nombrando el hecho mismo o juego mismo literario.

Pero cuidado, desde Aristóteles vemos que la teoría no es sino la flecha que enlaza o relaciona los dos puntos, y si hacemos teoría sobre la teoría es simplemente para dimensionarla en el todo. Pues si el juego 1 es la producción y el juego 2 las reglas de la polis, la teoría no es un juego 3 que se añadiría a los anteriores, sino que es la relación entre el juego 1 y el juego 2, o lo que es lo mismo, entre el sujeto poético y el predicado o atributo de la praxis. Diríamos enfáticamente que la teoría es el lugar donde los atributos encuentran un sujeto o una acción que los hace presentes, actuales, reales, carne, se encarnan, así el atributo campeón del tour, o el atributo best seller, se hace carne o sujeto, y que también es el lugar donde a un sujeto se le atribuye algo, deja de ser desconocido, mudo, se objetiva, se torna social, comunicable, incluso con sentido, con un sentido, como dirían los franceses se produce el acontecimiento, como por ejemplo cuando tal libro es merecedor de recibir un premio literario o un corredor de ganar una carrera. Es pues una relación, Contador es un gran corredor de tour, Cervantes es un escritor moderno, es un pliegue, una bisagra, una puerta como diría Lacan, pero no por tanto un metalenguaje o un código. La teoría no es un juego tres que habla solamente del juego dos, un discurso que compara o compila prácticas, como tampoco un discurso tres que habla del uno del que aisladamente sólo puede señalar obviedades o majaderías sobre la biografía, carácter, personalidad o look del sujeto. Y menos un discurso sobre otro discurso. Un discurso cuatro sobre el tres etc.

No basta con el trabajo como el que realizaría por ejemplo un sociólogo señalando las reglas del arte que regulan el gusto en los campos artísticos desde una sociología histórica muy precisa y positivista, pues reduce a la teoría o a la filosofía al juego dos, se nos puede señalar la recepción política de una obra, del papel que se otorga al creador en la sociedad como vanguardia o tradición, pero sencillamente para Pardo no se hace teoría literaria, ese metajuego que analiza y compara los juegos dos históricos será un estudio comparado de la praxis, una descripción de modelos prácticos o pragmáticos, que resulta interesante, pero es otra cosa. Crear un juego tres sobre el dos cortocircuitándolo del juego creador uno, conlleva además una pérdida muy precisa desde el punto de vista del alma de lo qué se está analizando porque toda creación tiene su otro polo, la producción artística está en los dos lados, ya en el lado del juego dos, pero sobre todo es un puro juego uno en lo privado, como se ve especialmente en los grandes genios creadores. En ellos, en los grandes, se hace especialmente visible el trabajo o la alegría de crear la forma expresiva, hay esa lucha casi brutal con los materiales sonoros y pictóricos para extraer una forma propia de representación. Pero también por el contrario hipertrofiar un discurso sobre el juego uno sin tener en cuenta el dos reduce la obra del artista a una crítica manierista y formal de manías y brochazos, insignificantes para la polis.

Claro este papel de la teoría de decir lo que son las cosas señalando una cualidad de la praxis del juego, no se confunde con la compilación o el archivo de juegos y jugadas que sería lo propio de la ciencia o de la universidad, cuya misión es conservar el saber, sino el de simplemente cualificar cada jugada según unas reglas, valorando los objetivos de las acciones, así diremos que los caligramas de Apollinaire son escritura visual de vanguardia, o este manuscrito es un best seller para estas navidades, no es un juego otro, un juego tres, sino que es la visión que se captura explorando las reglas del juego, y situando las jugadas de los jugadores dentro de la historia de las partidas. Porque claro, ya Derrida en lécriture et difference lo advierte, las estructuras no son inmóviles, cambian y por tanto las reglas de juego van cambiando también y cada acción se puede leer dentro de una dinámica de acción, reacción, revolución, tendencia, moda, pasado. Por ello he dicho que la teoría es simplemente esta mirada que relaciona.

Simplemente casi nada. De repente surge la visión y decimos ¡anda si esto era así!, ahora caigo, ahora entiendo, pero esto sólo ocurre muy de vez en cuando: cuantas conversaciones, páginas, meditaciones en vacío, son a estos efectos nada, accidentales, y qué pocas nos son o han sido esenciales. Y cuántos críticos nunca escapan de reduplicar lo artificial, de crear otros juegos que doblan los anteriores con mucho sudor y empeño. Pues no se puede ser teórico o filósofo por el mero hecho de querer serlo. Es casi siempre por la dificultad de la tarea de la crítica que la hace casi imposible que se acaba como predicando cosas sobre el vacío o haciendo profecías infames sobre los sujetos, en lugar de juntar unos a otros por sus lindes naturales en los contextos pragmáticos.


Es un saber difícil, dificilísimo, asegura Pardo, pero no imposible. Cierta decepción surge desde Aristóteles pues habíamos creído encontrarnos con unos conceptos tan bien armados, como Atenea al nacer, con un logos potente, y nos encontramos como el náufrago Ulises en medio del mar en oleaje pensando como escapar de tantos peligros y cómo clarificar las apuestas, pues en rigor preguntarnos por las reglas supone también discernir como un cirujano sobre la piel la bisagra que articula la diferencia entre el sujeto y el predicado con dos juegos que tenemos que engrasar y conectar por sus múltiples ramificaciones: la ciudad de la comunidad primitiva, la cultura de la naturaleza, pero también el deseo de sus límites y sus tabúes, el habla primordial del lenguaje, pero también entre la acción puntual y la Historia, entre la creación espontánea y la cultura que la integra. Si todo fuera más fácil sería tan fácil aprender y enseñar lo aprendido. Pero la teoría es la comprensión de una diferencia, diferencia que a veces parece irreductible y otras invisible, que es una diferencia que muestra una identidad que estaba oculta, es una archidiferencia o una differance, si se me permite citar de nuevo a Derrida. Y esto es muy difícil de explicar o de enseñar. 

EL ACONTECIMIENTO


El Acontecimiento.

Las Ideas caen. El simulacro se pone de pie en su lugar, las cosas terrenales lo ocupan todo, el cuerpo es centro de toda ocupación, broncearlo, embellecerlo, alimentarlo, limpiarlo. Platón invertido. El espíritu y el alma caen y se ponen en pie los simulacros, o los acontecimientos como afirma Deleuze “Invertir el platonismo es en primer lugar destituir las esencias para sustituirlas por los acontecimientos como fuentes de singularidades”. Sociedad del acontecimiento, determinada por los acontecimientos, para combatir el tedio, el asco, el aburrimiento de la revocación de todos los ídolos, cultura del hombre sin proyectos, deproyectado diría el posheiddegeriano B. Hübner, cultura que ha roto sus lazos con la modernidad y tras de sí sólo queda el interés de comunicarse y ligarse socialmente a través de lo que pertenece al terreno biológico más primario, el cuerpo y sus acontecimientos, o sus miserias.

El Acontecimiento es definido por la escuela estoica como efecto no corporal que modifica las relaciones y el estado de los cuerpos. La filosofía francesa ha utilizado el término en su lengua “evenément” con el sentido de lo que pasa, lo que dota de sentido, con una fuerza o primado ontológico por encima o anterior a la esencia o al alma. Una mesa que tengo delante y sobre la que escribo es un Acontecimiento. Así vistas, las cosas no son, la atribución de cópula más predicado ontológico queda en entredicho, sino que suceden; en esa misma línea un estoico jamás se atrevería a decir que los árboles son verdes o que ese ciprés es alargado; sencillamente verdea o alarguea como aconteceres. Ahora, en nuestro análisis, será preciso seleccionar este término no tanto en este sentido ontológico sino en el sentido de lo sucedido y de su efecto no corporal, social o político, tal y como lo explicitan Deleuze y Guattari (1988). Es decir, el acontecimiento que preocupa a la sociedad de masas, es éste que se produce como efecto incorporal que modifica las relaciones y las disposiciones de los cuerpos, como el de casarse, o por ejemplo ser acusado de algún delito. Son sucesos sociales y políticos en tanto que modifican las relaciones sociales o políticas entre las personas, sus protocolos, los usos y costumbres, también los propios deseos o las predisposiciones, aunque paradójicamente sean incorporales, en el sentido de invisibles, inmateriales, virtuales, aunque afecten a los cuerpos.

Los medios de comunicación. Son los transmisores del acontecimiento, los que difunden el acontecimiento y comentan el sentido de sus efectos incorporales. La sociodicea ha dejado su paso a la bitmanía, el imaginario lacaniano se alimenta del sueño de poder estar presente en el acontecimiento, poder decir yo estuve allí, yo estuve en primera fila, yo estoy en el centro de lo que pasa, elogio de la city y menosprecio de las periferias, aunque el suburbio residencial se extienda como un mar de aceite, sujetos activos que portan carteras y móviles y ordenadores, interconectados como cyborgs, hombres máquina por los que pasa la energía que está transformándose en la materia de los acontecimientos de mañana, red de radiodifusión global de la mitomanía y el afán por tocar y llenar el vacío que pasa o que no deja pasar nada por el fin de la historia. El secreto (H. James dio una lección sobre como funcionaba el secreto en la literatura, elemento que se distribuye y estructura el arte del relato. Quizás ahora entendamos mejor porque la literatura está en crisis, porque hoy el acontecimiento es ver la vanidosa decrepitud de muchos literatos) ha perdido todo su valor frente al intercambio simbólico que otorga el acontecimiento. El reino del secreto se ha evaporado. El strip-tease es colectivo, absoluto, lo que importa es conocer, saber los detalles, representar el acontecimiento que es el auténtico garante de sentido. La narrativa actual se constituye en tramas donde los personajes sufren esos acontecimientos sobre sus propios destinos en acciones que transforman los personajes en héroes, en traidores o en fracasados, en relación a enemigos o amigos de la comunidad política a la que se pertenece o se toma como referencia, la occidental, o más arteramente la de esa mayoría que simboliza el varón heterosexual y de raza blanca, de ahí la importancia de entender políticamente el acontecimiento. Hasta en las comedias de cine o en la crónica rosa o “reality” donde el acontecimiento de salir o ser pareja o dejar de serlo, encuentros y desencuentros amorosos, ocupa el centro o el meollo del interés. Pero no sólo en la ficción, nos preguntamos qué ha pasado y encendemos la televisión y el mundo delante de nuestros ojos nos interesa en tanto que se desenvuelve como acontecimiento, la prensa muestra la actualidad como una sucesión ininterrumpida de catástrofes donde se diferencia poco si son naturales o no, si evitables o condicionadas pues la realidad se torna en business del acontecimiento, gestión de la dosis cotidiana para la demanda. Ya no se distingue la crónica de la crítica ni de la propaganda. La política entra en los programas de la tarde, en las revistas de moda, en la prensa ligera y a la inversa, la sociedad civil y sus múltiples acontecimientos, un enlace, un descubrimiento, una rareza, salta también a las portadas de los telediarios, incluso se convierte en materia de debate político.

El vacío, el aburrimiento, la ausencia de acontecimientos en las personas ya instaladas cuyas economías son desahogadas exige ser rellenado con la compra de objetos o con aficiones o viajes de turismo o cualquier otro elemento que haga las veces de acontecimiento. No faltan mascotas para que sus necesidades se conviertan en los acontecimientos cuyos efectos al menos nos liberan de las cargas que previamente nos hemos impuesto, de tal forma que el ciclo continuo se completa. Caso aparte merece el deporte que salta por encima del resto de categorías real-ficción, negocio-ocio, serio-frívolo, pues es acontecimiento puro que se desarrolla delante de nuestros ojos; en vivo y en directo, donde se transforman las relaciones entre cuerpos al minuto, de héroe goleador a villano, de guerrero valiente por el que suspiran las jovencitas a repudiado bluff tras el último fallo del penalti al que había sido castigado o condenado el equipo rival. Se criticará que detrás de ese partido no hay nada, que está hinchado por la hinchada, por la prensa, que tal acontecimiento del siglo es un engaño, pero en nada modifica lo que hemos dicho hasta ahora, ser vencedor o ser vencido provoca efectos sociales y políticos, quizás de menor naturaleza que otros acontecimientos pero ahí están la historia del deporte y sus controversias políticas, todo el fenómeno sociológico del fútbol para corroborarlo. Lo que para muchos intelectuales, en particular los de la izquierda, es mero residuo, del capital o de Roma.  

La sociedad de consumo es la sociedad del acontecimiento, o bien a la inversa la sociedad del acontecimiento es la sociedad de consumo. El consumidor intenta llenarse de sentido mediante la compra o adquisición de un objeto que le colma de efectos incorporales, que los demás van a ratificar, o al menos eso es lo que éste cree. Vestido, joya o adorno que recae como un acontecimiento y que reporta un efecto de prestigio, un efecto de pertenencia o de solidaridad. El objeto se consume a modo de fetiche o de amuleto con un significado que no se escapa a los economistas marxistas, su valor no es el de coste objetivable en horas trabajadas, es subjetivo, pertenece a la economía de los signos. Los festivales, los simposios, los congresos, se organizan siguiendo el principio de dar sentido a los calendarios para satisfacer intereses económicos. 



No debemos confundir el acontecimiento como efecto con el hecho real del que mana, pues el primero es el sentido como efecto incorporal que se vierte, el segundo es eso material que pasa en sí mismo, que acontece en el nivel físico. Sólo algún teórico de la metafísica puede confundir lo que un niño ve claro. Insisto en que habrá recalcitrantes que duden sobre qué es lo real, pero lo molecular, lo atómico, los enlaces entre electrones y núcleos se dan o no se dan, incluso cuando se dice que los dos electrones del hidrógeno no pertenecen por igual al núcleo. El agua calma la sed y es sin duda negocio para los pueblos. Sin embargo resulta notorio que las relaciones entre los hechos y los acontecimientos no son sencillas puesto que no son biunívocas ni necesarias ni de razón suficiente. Existen hechos que no trascienden como acontecimientos, múltiples, infinitos, hermosos, ni tan siquiera cabe hablar de méritos desoídos o de injusticias. Por lo demás lo que genera el acontecimiento puede estar mediado por otros signos que transportan los hechos y pueden por tanto proceder de una simulación, de un engaño, pueden ser pseudoacontecimientos según los denomina Sartori, sentidos construidos ex profeso, con fines ocultos o por intereses otros, simulacros por doquier que se levantan para generar sentidos y consensos. No debemos confundirlos con la ficción del cine y del teatro pues estos poseen en sí mismos un grado de facticidad, en la medida en que recrean el acontecimiento, escuela donde se enseñan los conceptos antes de sufrirlos en nuestras carnes. Podemos llamarlos anacontecimientos, acontecimientos de lo que no ha existido nunca, de lo que no fue real en ningún grado en sentido estricto, apariencia que el mago sabe producir por la ilusión que engaña al ojo, simulación que recrea la parte externa, fachada del acontecimiento, pastiche de falsificador que logra captar la sonrisa pero no el gato de Chesire, que no apresa sino la efectuación sin efecto como pólvora que explota sin ruido. Será preciso recuperar estas distinciones cuyo olvido representa la oportunidad para la repetición de los intentos de los timadores y estafadores del sentido, profesionales de la imitación y de la repetición, artistas del simulacro. Es en este sentido que algunos autores han manifestado que la existencia de Egipto se debe en gran parte a los egiptólogos que han reescrito o rehecho la realidad histórica de aquella cultura hasta convertirla en otro ambiente para la decoración, junto con el oriental o provenzal, o en otro género para el cine, la novela de aventuras, o la gastronomía. Resulta difícil no obstante poder valorar el efecto alcanzado por estos grandes egiptólogos si no lo circunscribimos a los propios egiptólogos y sus combates dentro de lo que Bourdieu llamaría campo científico. No podemos olvidar como en otro campo diferente, la paleontología, nos desayunamos a menudo con descubrimientos que suponen todo un hito en el conocimiento y revolucionan los contenidos admitidos hasta entonces. El éxito editorial puede otorgar la sanción que catapulta un guijarro a la categoría de altar milenario, pero en todo caso cabe distinguir, en consonancia con el optimismo de Bourdieu, entre flores de un día y caminos sólidos de cuyo origen no haya memoria ni documento; o lo que es lo mismo entre acontecimientos derivados de hechos que han pasado las pruebas de la verificación y anacontecimientos o simulacros que se fingen para desatar efectos siempre incontrolables. 

No sé si podemos medir y comparar los acontecimientos, posiblemente podamos diferenciar entre unos y otros, en la longitud de su onda expansiva quizás, pero todos se significan por el sentido social y político. Quizá también debamos encontrar otros términos menos rimbombantes para definir este estado de cosas que los aquí utilizados pues corremos el riesgo de que se crea que el acontecimiento es algo escaso y extraordinario y sin embargo es tan frecuente como necesario para donar el sentido y vital para organizar la vida simbólica de las sociedades y de los sujetos. Así lo señala H. Miller al precisar la encrucijada que representa para el sujeto vivir el acontecimiento como una llamada del ser, como una vocación donadora de sentido (1984: 205), la noche que me senté a leer a Dostoyevski por primera vez fue un acontecimiento en mi vida, más importante incluso que mi primer amor. Fue el primer acto deliberado, consciente que tuvo sentido para mí; cambió la faz del mundo por completo. Podemos imaginarnos a H. Miller clavado en su asiento ante el hallazgo inaudito de captar el sentido en el que se le representa su mundo y él mismo, todo su pasado y su porvenir sin limitaciones. Y es frecuente no sólo en momentos inaugurales que dotan de sentido al grupo y a sus partes, pero absolutamente necesario porque el mundo sería mudo, porque sólo tiene sentido para una conciencia que lo vive en sus carnes, que no puede separarse como una cabeza con alas del cuerpo como señalaba Hegel, y es además social porque a la conciencia individual le falta la réplica, lo otro que la dobla y la refleja, para constituirse como caminante del mundo, para echar a andar o rodar llegado el caso.

Efectivamente el sentido es siempre social, lo donan los otros, es la suma de los otros, es hijo del consenso. Nadie puede imaginar un acontecimiento en una isla desierta. La soledad no guarda buenas relaciones con el sentido como atestigua Robinson enloqueciendo antes de que aparezca alguna huella a la que dar nombre de tiempo o de libertad, más allá de la negación que impone Derrida al signo huella, a lo que siempre está desplazado de su origen, a lo que falta a su lugar, remake de Lacan y toda la retahíla de la castración y la falta para la conspiración de la filosofía con la antigua humanitas, la realidad se nutre incluso de aquello que es imaginación, ilusión, seducción, engaño. La nueva antropología del estructuralismo incorpora al dogma la fabulación nietzscheana, la potencia de lo falso, llámese imaginario colectivo, o dios estafador de espíritu burlón. El racionalismo sin descartes. Nadie puede vanagloriarse de tener una rica vida psíquica interior puesto que como exige todo racionalismo para que todo lo real sea racional y por tanto dotado de sentido se debe verificar a través de la dialéctica en el cruce de dos o más conciencias. No podemos soñar acontecimientos, aunque podamos repetirlos exsangües en nuestros deseos, en nuestras fantasías. El sujeto que sueña no aprende, no experimenta lo soñado, porque ese yo no es el yo que los demás reconocen o valoran, no es el yo social, es acaso un yo libidinoso a la caza ansiosa de la lámpara que frotando dé lugar al acontecimiento, en términos lacanianos es el ello que busca el amor de los otros, de los otros ellos, que busca ocupar el lugar imaginario en el que se encuentra él mismo reflejado en el espejo, el otro yo que me dobla y me mira satisfecho, y yo envidio. Y no se logra sin salir de la cama. Pertenecer, formar parte de un grupo, un colectivo sea este una parroquia, una pandilla, una nación, no son ilusiones o pulsiones de retorno a la animalidad, el espíritu o el deseo es el sentido, es el que da el sentido, es el que nos constituye como seres humanos racionales. Y esa imagen soñada o ensoñada, proyecto de beso o de felicidad, ese imaginario no es sexual, ni es edípico, error de la vulgarización simplista de los freudianos, es social, abiertamente social. El reconocimiento es exigido, verme en esta imagen con mi rostro exige que me vean los otros, mi prole, mis vecinos. El coche del futuro incorporará una cámara exterior para vernos pilotar nuestro yo desde fuera.

El sentido del acontecimiento es social y político. Tal es la tesis defendida hasta aquí. La nación no es una ilusión sino acaso una frontera o un límite desde el que dotarse de sentido. Es el otro al que dejamos sea el Otro que nos felicite por ser padre, o por ser un buen mecánico, al que dejamos nos mire en la calle y observe la diferencia entre su ropa y la mía y por tanto entre su destino y el mío. Es el Otro espejo con el que tenemos relaciones. El albanés, el marroquí, el senegalés, queda demasiado lejos, su lengua no la entiendo, lo excluyo de toda consideración, su acontecimiento es ser paria, intocable, innombrable, inobservable, existe sólo como parte del acontecimiento del empresario que lo contrata. El acontecimiento posee unas relaciones privilegiadas con los poderes, necesita el poder político para que su efecto sea mantenido, requiere de la sanción legal que sirva de garantía de autenticidad. Lo saben bien los que dictan las normas, los jubilados incluso, todos los que agonizan. Esa relación con el poder análoga a la que tiene el Estado con la Razón Ilustrada es la que posibilita que el hecho se torne acontecimiento y dona el sentido como efecto duradero o definitivo. Es el médico titulado y colegiado el que dicta el veredicto del acontecimiento de estar enfermo, de estar desahuciado, condenado a una efímera prórroga. La usurpación del poder puede conferir un efecto simulado, podrá como dice Derrida (Deleuze, 1989) triunfar el falso pretendiente y el simulacro aparentará ser Ulises, pero siempre en el eterno retorno de la pesadez y de las fuerzas activas el trono permanece inmutable, pues de qué sirve cambiar los agentes si las normas no cambian, si todo cambia para que continúe igual, a despecho de la bodega del marqués de Lampedusa. Es el poder el que registra las propiedades, el que otorga regalías y derechos, el que decide en última instancia qué es verdadero y que es falso, qué soporta la prueba de la verdad, qué la supera.

El poder funda el sentido del acontecimiento aunque él mismo esté “defundado”. No podíamos esperar otro resultado porque el acontecimiento destituye la esencia de verdad por la facticidad de lo que sucede en tanto que da un sentido a los cuerpos. El bedel podrá decir se abre la sesión, como bien señala Pardo, pero el acontecimiento no se producirá, otra categoría no aristotélica se lo impide. No faltan ejemplos de revoluciones y desposesiones, como tampoco cambios bruscos en los reconocimientos de sus agentes y sus herencias; en última instancia y en el tiempo geológico o cósmico, todo es provisional, todo es defundamento, simulacro, escenario en el que salen volando los decorados y los ropajes, donde desnudo queda Ulises tras el naufragio pero dispuesto a recuperar su lugar debido en la historia, el derecho a hacer la historia, a crear el sentido, camino que sólo se traza en la voluntad de poder y en litigio con todos los poderes que como aseguraba Foucault atraviesan el teatro del mundo, el escenario del sentido.

Pero el sentido es también superficial, descubrir el sentido exige el descubrimiento de las superficies, como Alicia en su viaje a través de los números de Carroll. Pues el sentido habita la superficie simbólica de las cosas, es etiqueta que se adhiere sobre la superficie material y que sitúa simbólicamente a la cosa en el mundo. Podemos leer vendido, reservado, rebajado, y estaremos nombrando la cosa misma, el sentido que la dobla sobre su pura ontología. No son las normas del juego lo que propone el acontecimiento y su sentido, sino el valor mismo de lo que jugamos y con lo que jugamos. Y es la vida lo que jugamos, lo que está en juego. Sólo si se adhiere la etiqueta como un sello demasiado mojado y se desliza sobre nuestros cuerpos podemos intentar burlar a la muerte su destino en un baile de stripper. Pero no podremos cantar victoria pues muy poco tiempo permanece nada desnudo, descatalogado, desetiquetado, rápidamente caerá sobre nosotros el arquetipo tal o la representación otra, momento de fulgor para intentar gozar como Edipo de nuestras madres o hermanas, a riesgo de pecar, de ser malditos, recayendo el acontecimiento mismo de ser hombre, sobre el hombre, Edipizar diría Crisipo, acontecer el acontecimiento en estado puro, o bien contraefectuarlo, velocidad de la luz, beneficio de lo imperceptible, energía en estado puro, la muerte otra vez de la materia.

Y es repetitivo, poco original en verdad. El sentido se repite, nos repite, es hijo de la repetición. Jamás el tablero tuvo infinitas casillas pues todas son exponentes. Ante el enigma de aquello que sólo sucede una vez, Jacques Derrida (1988: 168) lo dice con acierto, lo que sucede una vez “n´a pas de sens, pas de présence, pas de lisibilité”, su presencia no es absoluta, es como una letra borrosa en el límite de nuestra miopía que nos resulta indecidible, ilegible por tanto, ininteligible. Su presencia es un enigma, como los términos que sólo aparecen una vez, hápax, que no podemos identificar estableciendo analogías, semejanzas, o contraposiciones; la cuádruple raíz de la representación dimite de su poder en las orillas de lo que sucede sólo una vez. Por tanto la repetición resulta el bien más codiciado para la investigación, o para la conciencia.
  
Aquello único o singular será mudo pero tampoco será puro. No existe la pureza, el original, el ser como tal que expresa la singularidad única como Verdad revelada. Platón, que es el látigo de los sofistas, expulsa de su República ideal a los poetas, por mentirosos y fingidores. Se ha dicho que lo queda después del hombre es el hombre, su voluntad, su conatus ciego que le insta a seguir, su afán de perseverar, sus pasiones, el amor o el odio, amar u odiar los acontecimientos que vivimos, lo que nos pasa. El Amor o el Odio son pasiones que convierten a los sujetos que las sufren en víctimas, retienen el sentido de pasión teologal o de víctima de sacrificio ante el altar del Amor, o del Odio, pero no son pasivos, son poderosos, elevan a la máxima potencia su propio ser, sincronizan la potencia de la metamorfosis y de lo oculto o lo escondido, el monstruo de Hide, están en el lugar que ocupa el hombre, valen lo que vale el hombre. El Amor y el Odio son dos de esas figuras alegóricas que la Edad Media representaba como Ideas, como seres genéricos o universales. Su existencia trajo de cabeza a todos los pensadores medievales hasta que Ockham impuso las malas noticias. Convenimos que su estatuto ya no puede ser esa idealidad de género, residuo de las Ideas platónicas, responde más bien a lo que llamaríamos aquello que pasa, evento, acontecimiento, en la línea de los estoicos. Acontecimiento de Amar, de Odiar, de vivir los Acontecimientos. Estamos de nuevo en la tesitura de expulsar a todos los cronistas mentirosos, a los basureros del arte, de la moral, de la política, al menos en la República que soñamos, la que vivimos en las revoluciones cotidianas del sentido común y político. Y todo lo demás debe ser silencio, la basura que producimos sin remedio como acontecimientos.