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LAS REGLAS DEL JUEGO





Hay un tema clásico ya desde Heráclito que es la dificultad del juicio para salvar la relación entre la verdad y el tiempo. Lo que la posmodernidad rebautizó como el problema del sentido. Esto presenta una dificultad casi insalvable para el logos, y para la teoría por tanto, y es la clave de que en la ciudad los juegos sean a menudo indescifrables y que equivoquemos nuestras apuestas y las intenciones de los demás. Pardo lo expresa mediante el retraso que existe entre el juego uno y sus reglas, parecería que las reglas siempre vienen después, están después del juego. Jugamos y después vemos si hemos jugado bien, si hemos jugado correctamente, o si hemos inventado una nueva regla. Jugamos a ciegas: Escribir un manuscrito para editarlo o para ganar un concurso, mandar una carta de amor, o prepararnos para un acontecimiento musical o deportivo, siempre falta algo, hay una carencia de sentido. Vulgarmente diríamos que nunca está abolido el "hazard" de errar, perder, o peor salirse de las normas, y ser considerados tramposos o indignos. El sentido del juego siempre nos llega tarde, diferido, desplazado, la regla de juego se hace presente al final, es posterior al presente, es siempre pospresente. Pardo lo define mejor que yo: el tiempo es una sucesión ininterrumpida de ahoras, pero el sentido se da todo junto, al final. En el caso más dramático sólo al final Edipo comprende el sentido de la profecía del oráculo hecha al nacer, que es el sentido de su vida, que es en verdad la regla que no debió traspasar pero a la que parecía destinado para simbolizar un juego trágico.

La teoría pues es un método de división que separa las cosas entre sí por sus junturas como si hubieran estado siempre allí pero llega tarde, no se da a la vez, hay una falta o carencia de significado que se da luego como anágnorisis de vez, como una revelación, las cartas se ponen sobre la mesa y se descubren después. En el sentido aristotélico de la tragedia definida como el relato que termina mal, parecería que hay que esperar al final, a la última partida para definir toda la vida de un jugador. Mientras vivimos a ciegas sin saber que representamos realmente. Una tragedia, o una comedia, una farsa parece a veces.

Y junto a ello, otro problema aún mayor que el retraso, o la condición de carencia de significado, es la imposibilidad de traducir todas las jugadas implícitas y hacerlas explícitas en las reglas, no hay de ningún modo simetría ni correspondencia. Lo que Lacan o Lévi Strauss definían como exceso de significante ¿Cómo llevar las reglas al infinito para poder responder a cada una de las posibilidades del juego? Ante esa falta de correspondencia surge otra grieta en el pensamiento que no puede salvar teoría alguna y en la que por ejemplo Sócrates encuentra su perdición. Sócrates acusado de impiedad, de haber corrompido a la juventud con sus enseñanzas, acusado pues de que sus acciones o sus creaciones eran en la práctica corruptoras o perversas, en su defensa ante el tribunal no puede contar su vida verosímilmente para que aflore el sentido ¿Como podría dar la razón de las reglas de su conducta de toda una vida? ¿todas sus acciones pedagógicas de tantos años como etiquetarlas en buenas prácticas? Primero porque no tiene todo el tiempo del mundo, la clepsidra se lo va a impedir, si hubiera podido relatar toda su vida entera quizás habría aflorado el sentido, el de su honestidad pública, pero no tiene 60 años por delante, ni espectador que pudiera aguantar tanto. Segunda consecuencia de la ley del exceso del significante, Sócrates puede afanarse en dar prolijas explicaciones sobre algún asunto concreto pero tampoco puede el sentido brillar, no se da cuenta convenientemente de la regla de su juego, en cada síntesis de un episodio, tras cada anécdota asoman dudas al que escucha suspicazmente, quedan flecos de los que tirar, significantes flotantes y ahí en ese desajuste fatal donde afloran otras posibles interpretaciones sobre lo que Sócrates hizo o dejó de hacer lo que le lleva finalmente a la condena al mejor de los hombres, al hombre que amó Platón, sabemos que fue condenado en primera instancia por unos pocos votos realmente. Qué importante es esto. No tengo dudas de que sobradamente conocía Sócrates este desajuste fatal, la regla de este juego de la infamia y de ahí su ironía hasta el final para comprar su libertad a precio tan ridículo que le reportó la condena final.

El juicio llega tarde, el enamorado o el científico entienden el juego y sus reglas a posteriori del batacazo, por la carencia de sentido, y aún después es posible que nadie sea justo con ellos por el exceso de significantes. Y aún hay más peligros, cómo nos hace constar Pardo: qué complicado es el juego. Por un lado están los tramposos, los que no quieren perder, y así ahí entre el desajuste del sentido y el tiempo se hace fuerte el sofista para hacer crecer falsedades y ocurrencias y salir indemne o victorioso a pesar de haber jugado a otro juego, o haber inventado improvisadamente una norma ad hoc. Pero peor que estos, pues quizás el dicho castellano tenga razón, está el autoengaño de la razón. El sujeto moderno armado de razón la esgrime y la hace blandir con contundente despropósito. Y así Pardo señala cómo intenta este sujeto superar la fractura entre tiempo y sentido para salvar al logos, a la razón con mayúsculas: Cuando se crea el Sentido Único, Grande y Libre. El sentido engulle todo el tiempo. El juicio único subsume todos los juicios, la única regla del juego viene dada de antemano, sea esta temer a Dios, o crear el paraíso republicano o comunista. Todo conspira y apunta hacia el sentido único en el que convergen Dios, mundo y Yo. Pero claro aquí no es posible que viva la teoría, ni pensamiento ni logos sino la teología o el Fascismo que construye un sentido que eternamente flota sobre el tiempo que pasa como si nada. Un juego realmente muy aburrido.

La segunda es a la inversa darle al tiempo todo el sentido en sí mismo, que cada instante de tiempo posea todo el sentido al modo de la poesía de Baudelaire por ejemplo, o un eterno retorno del instante como dador del sentido al modo de Nietzsche o incluso los estoicos y su noción de acontecimiento. Así el tiempo se constriñe a un presente virtual de vanguardia, a un momento nuevo y extraordinario que reduce el pasado a vísperas de cenizas a la vez que contiene todo el futuro en sus manos. Este es un panorama que conocemos bien los profesores de los institutos donde los jóvenes enfant terribles hipertrofian el juego uno, pues son los ultimos en llegar y sin embargo creen que son los únicos. Será raro que se logre dar así con una visión duradera, mas bien al contrario, las novedades se devoran a sí mismas sin digerir, la idea de tiempo inactual produce el monstruo de la experimentación cada vez más vertiginosa, donde todo es proyecto, semilla potente e incomprendida porque creen en que algún día venidero recogerá sus frutos y encontrará su público que está por detrás de ellos. El artista novel desecha toda regla conocida, y en un grito cree lanzar un mensaje lleno de sentido intemporal, como si pudieran así emular o conquistar el buen juicio de tantos artistas que como Munch supieron representar aunque tarde el dolor de una generación o de una guerra.

El profeta anticipa el sentido de lo que va a ocurrir, el joven creador se siente el mesías del tiempo nuevo, el teórico o el filósofo como Sócrates con mucho esfuerzo sólo dice después lo que ya era antes, la deuda que hay que pagar a Esculapio, el sabor amargo de la cicuta. Por eso dialogar con el profeta o con el adolescente resulta inútil. Con el déspota o con el iluminado también. Creen usar la razón convenientemente, se creen teóricos porque dicen relacionar juegos y jugadas, pero ambos han roto la baraja, no dan cartas, retienen el tiempo en la jugada ganadora porque tienen todo el sentido los unos, porque tienen todo el tiempo los otros detenido. La teoría es diálogo pero este sólo es posible en la ciudad libre. Y en sus inicios el teórico es el extranjero, extraño que mira desde fuera de la ciudad y que alcanza de repente la lucidez del juicio, que posee la viveza de ver una jugada y la regla explícita del juego, para así que surja como una imagen, o una idea que da que hablar. Una extraña videncia que se da a veces para emitir un juicio que hace ver, por el que de golpe se tiene algo que es muy diferente de la mentira del sofista o del dogma del profeta de la boutade del artista novel, que es una apuesta, comprometida si se quiere, muy razonada, pero una apuesta que vincula un nombre a un ganador, una acción a un resultado.

Parece que hemos llegado a puerto, a una resolución, pero Pardo se ha guardado un as en la manga, y el desenlace final se suspende. Hay que precisar algo sobre este desfase entre tiempo y sentido de la teoría que está ya animando toda la filosofía de Platón. Hemos dicho que uno de los problemas o paradojas de la razón o de la teoría es la carencia de sentido y que se da porque el juego es anterior a las reglas y no es del todo cierto. Pues siguiendo la analogía cabría decir entonces que el habla es antes que el lenguaje, la creación literaria antes que la escritura, el individuo anterior que la ciudad o exagerando más claramente el estudiante o profesor universitario anterior a la universidad. Una vez más es por culpa de nuestra lógica que vemos después lo que ya estaba antes, y esto es un descubrimiento íntimo que nos va a desvelar Platón, o acaso Sócrates antes que él, pues si lo que vemos después ya estaba antes, entonces esa posterioridad es anterior y por tanto primera, previa, entonces siguiendo el razonamiento diremos que realmente es la regla del juego la que hace posible al jugador, es la ciudad o el territorio el que ha creado su propio ocupante, (son las reglas del lenguaje las que crean un hablante de ese idioma), es la Universidad la que acota con sus reglas y normas el juego de profesores y alumnos. Y sin duda alguna como no estar de acuerdo con Aristóteles con su sentencia más repetida y sin embargo más bella en la historia de la filosofía, el hombre es un animal político, es decir, nace y se hace en la polis, es hombre, más que animal y menos que un dios porque es político, es decir que vive en la ciudad. Somos de la ciudad, somos polis, somos políticos. Y aún añade más: El hombre es hombre porque habla en la ciudad, porque habla de la ciudad; de los juegos de la ciudad diríamos. A diferencia de los animales que jamás cuestionan las reglas de la comunidad en la que viven gregarios, si es que las tienen, pelean por ocupar los lugares de privilegio sólo, Aristóteles precisa que el hombre tiene lenguaje, logos, para señalar la norma que cree que es injusta, para criticar tal o cual acción, para denunciar la jugada tramposa, para admirar la jugada ganadora, para corregir y rehacer las reglas. Diremos nosotros para relacionar una jugada y su regla: PARA HACER TEORÍA.

Pero volvamos a la cuestión fundamental: La carencia de sentido o de significado se da entonces no porque se da primero la jugada y después la regla, sino porque el juego es social y es político, de la polis, y por tanto revisable, temporal y caduco, en última instancia toda jugada es provisional, todo jugador puede ser destituido. Es a posteriori, sí, sólo a posteriori se dicta la justicia, la proporcionalidad de la jugada, sólo a posteriori se da el sentido pero nunca se cierra. Siempre hay una carencia que puede ser rellenada. Con el tiempo los ciudadanos deciden y cambian las flechas de los sentidos, las normas que rigen sus prácticas, las reglas con las que dotarse. Sólo después era Napoleón ya no un intrigante o un rebelde abyecto sino emperador y luz de la civilización. Y tras su destierro fue otra cosa que cambió a medida que recorría kilómetros del camino de vuelta en los alpes hacia París. Ni tan siquiera podemos decir que tal premio literario queda en la historia para siempre, los cánones también se revisan, el olvido llega a cubrir a los antaño vencedores, el descrédito o la infamia pueden enterrar leyendas imponentes. O como señaló Popper todo juicio por más científico que se presuma juega a la ruleta rusa, más tarde o más temprano se desmonta la fatigosa teoría trabajada durante años de que todos los cuervos son negros y sale la bala del cuervo gris o albino que la echa por tierra.

Nos hemos ido de la mano de Deleuze y hemos abandonado la lectura de Pardo para quien también la regla es posterior pero anterior, y la posterioridad de la teoría es también una posterioridad anterior, pero menos jurídico que metafísico, Pardo cree que el hombre dice apofánticamente lo que es el ser, como si de algún modo la teoría revelara al Ser mismo. Es a la manera de Spinoza que el ser se expresaría en los modos, y los modos expresarían el ser. Habría un calco entre lo posible y lo visible o entre lo trascendental y lo empírico. Pardo seguiría la lectura que ya instituyera el Romanticismo alemán de Schleiermacher con Platón cuando cuenta en el mito de la caverna la dificultad de ver las ideas como entes eternos trascendentes en el limbo de los dioses y como sin embargo el humilde esclavo las tenía en su interior sin saberlo y el maestro sólo le enseña lo que ya sabía, le hace ver lo que ya estaba antes en su interior, en su cuerpo, en la genética de una especie. Igualmente Pardo deduce que conocer es progresar hacia sí mismo o lo que es lo mismo la teoría no se alcanza sino después de un largo proceso de liberarse de ropajes superpuestos para desnudar la mirada y ver lo que ignorábamos que sabíamos.Pero en todo caso aun en desacuerdo con este determinismo final de Pardo en el camino se muestran evidentes todos los obstáculos que salen al paso del logos, del teórico, del que quiere medir con justicia una acción en un mundo. Pues la teoría y la filosofía en su insuficiencia revelan a su manera el arcano, el origen mistérico del que todo mana y procede, y peor aún todas las paradojas acechantes del tiempo que Aristóteles, quizás el más inteligente de todos los hombres, aunque esto sea sólo teoría, pretendió superar sin lograrlo pues como suturar las diferencias y los retardos, como hacer compatible el tiempo de una vida con su sentido, como dar cuenta de todas las jugadas posibles en las reglas que les corresponden y en los efectos que suponen, habida cuenta además de la provisionalidad de todo discurso, de toda ciudad ya sea Cártago o Roma, como conjurar por último a los tahures y tramposos y trileros del sentido.


Hay algunos bellos libros que en algunas páginas nos dicen cómo son los juegos de los nativos, las trampas del sofista para una ciudad del engaño, los delirios del profeta para una ciudad huérfana, pero sin embargo de los secretos de la fisis, de la naturaleza o de la vida, del origen del cosmos, del destino de la raza humana, del sentido de la ciudad o de la especie, nada sabemos y de lo que nada sabemos es mejor, a diferencia del sofista y del profeta, callar. Pues más allá de todo esto, de esta rara alianza del juego y sus reglas, no hay sino silencio o locura. Tras este sentido siempre cambiante pues es humano y es dialógico sólo encontramos sinsentido. Por ello, este saber a veces parece pequeño e insuficiente, y sin embargo presenta la lucidez de mostrar un acontecimiento en el saber, un leve descubrimiento que salta y desplaza una frontera, y así las prácticas de la medicina, del álgebra, del entretenimiento se enriquecen, se llenan de redes de complejidad que dan lugar a más apuestas, a otras experiencias. Esto es teoría, y sin duda no se da en el dominio de la tiranía ni en el dominio de la sofística, es decir, mediante la eliminación tiránica de la política, o mediante la conversión sofística de la filosofía en un saber recopilatorio enmohecido y escolástico. Sólo cuando no hay tiranía ni sofística puede florecer la filosofía, y es a costa de que la propia ciudad se ponga en cuestión sus propias reglas.

Esto es hacer teoría y esto es lo que debería ser enseñado en las escuelas, esto es el aprendizaje para Pardo, cómo aprender a hacer un guiso, un poema, una canción, a hablar un idioma extranjero ¡Y cómo enseñar a ver! ¡cómo ser docentes, cuándo se confunde el aprendizaje con un conjunto memorístico, con unas recetas desangeladas¡ no nos queda otra que seguir a Wittgenstein que la teoría no es un corpus a conservar ni una cháchara liante y sin fin sino un diálogo que como una pértiga se usa para saltar y una vez arriba se deja caer o se tira. 

EL ACONTECIMIENTO


El Acontecimiento.

Las Ideas caen. El simulacro se pone de pie en su lugar, las cosas terrenales lo ocupan todo, el cuerpo es centro de toda ocupación, broncearlo, embellecerlo, alimentarlo, limpiarlo. Platón invertido. El espíritu y el alma caen y se ponen en pie los simulacros, o los acontecimientos como afirma Deleuze “Invertir el platonismo es en primer lugar destituir las esencias para sustituirlas por los acontecimientos como fuentes de singularidades”. Sociedad del acontecimiento, determinada por los acontecimientos, para combatir el tedio, el asco, el aburrimiento de la revocación de todos los ídolos, cultura del hombre sin proyectos, deproyectado diría el posheiddegeriano B. Hübner, cultura que ha roto sus lazos con la modernidad y tras de sí sólo queda el interés de comunicarse y ligarse socialmente a través de lo que pertenece al terreno biológico más primario, el cuerpo y sus acontecimientos, o sus miserias.

El Acontecimiento es definido por la escuela estoica como efecto no corporal que modifica las relaciones y el estado de los cuerpos. La filosofía francesa ha utilizado el término en su lengua “evenément” con el sentido de lo que pasa, lo que dota de sentido, con una fuerza o primado ontológico por encima o anterior a la esencia o al alma. Una mesa que tengo delante y sobre la que escribo es un Acontecimiento. Así vistas, las cosas no son, la atribución de cópula más predicado ontológico queda en entredicho, sino que suceden; en esa misma línea un estoico jamás se atrevería a decir que los árboles son verdes o que ese ciprés es alargado; sencillamente verdea o alarguea como aconteceres. Ahora, en nuestro análisis, será preciso seleccionar este término no tanto en este sentido ontológico sino en el sentido de lo sucedido y de su efecto no corporal, social o político, tal y como lo explicitan Deleuze y Guattari (1988). Es decir, el acontecimiento que preocupa a la sociedad de masas, es éste que se produce como efecto incorporal que modifica las relaciones y las disposiciones de los cuerpos, como el de casarse, o por ejemplo ser acusado de algún delito. Son sucesos sociales y políticos en tanto que modifican las relaciones sociales o políticas entre las personas, sus protocolos, los usos y costumbres, también los propios deseos o las predisposiciones, aunque paradójicamente sean incorporales, en el sentido de invisibles, inmateriales, virtuales, aunque afecten a los cuerpos.

Los medios de comunicación. Son los transmisores del acontecimiento, los que difunden el acontecimiento y comentan el sentido de sus efectos incorporales. La sociodicea ha dejado su paso a la bitmanía, el imaginario lacaniano se alimenta del sueño de poder estar presente en el acontecimiento, poder decir yo estuve allí, yo estuve en primera fila, yo estoy en el centro de lo que pasa, elogio de la city y menosprecio de las periferias, aunque el suburbio residencial se extienda como un mar de aceite, sujetos activos que portan carteras y móviles y ordenadores, interconectados como cyborgs, hombres máquina por los que pasa la energía que está transformándose en la materia de los acontecimientos de mañana, red de radiodifusión global de la mitomanía y el afán por tocar y llenar el vacío que pasa o que no deja pasar nada por el fin de la historia. El secreto (H. James dio una lección sobre como funcionaba el secreto en la literatura, elemento que se distribuye y estructura el arte del relato. Quizás ahora entendamos mejor porque la literatura está en crisis, porque hoy el acontecimiento es ver la vanidosa decrepitud de muchos literatos) ha perdido todo su valor frente al intercambio simbólico que otorga el acontecimiento. El reino del secreto se ha evaporado. El strip-tease es colectivo, absoluto, lo que importa es conocer, saber los detalles, representar el acontecimiento que es el auténtico garante de sentido. La narrativa actual se constituye en tramas donde los personajes sufren esos acontecimientos sobre sus propios destinos en acciones que transforman los personajes en héroes, en traidores o en fracasados, en relación a enemigos o amigos de la comunidad política a la que se pertenece o se toma como referencia, la occidental, o más arteramente la de esa mayoría que simboliza el varón heterosexual y de raza blanca, de ahí la importancia de entender políticamente el acontecimiento. Hasta en las comedias de cine o en la crónica rosa o “reality” donde el acontecimiento de salir o ser pareja o dejar de serlo, encuentros y desencuentros amorosos, ocupa el centro o el meollo del interés. Pero no sólo en la ficción, nos preguntamos qué ha pasado y encendemos la televisión y el mundo delante de nuestros ojos nos interesa en tanto que se desenvuelve como acontecimiento, la prensa muestra la actualidad como una sucesión ininterrumpida de catástrofes donde se diferencia poco si son naturales o no, si evitables o condicionadas pues la realidad se torna en business del acontecimiento, gestión de la dosis cotidiana para la demanda. Ya no se distingue la crónica de la crítica ni de la propaganda. La política entra en los programas de la tarde, en las revistas de moda, en la prensa ligera y a la inversa, la sociedad civil y sus múltiples acontecimientos, un enlace, un descubrimiento, una rareza, salta también a las portadas de los telediarios, incluso se convierte en materia de debate político.

El vacío, el aburrimiento, la ausencia de acontecimientos en las personas ya instaladas cuyas economías son desahogadas exige ser rellenado con la compra de objetos o con aficiones o viajes de turismo o cualquier otro elemento que haga las veces de acontecimiento. No faltan mascotas para que sus necesidades se conviertan en los acontecimientos cuyos efectos al menos nos liberan de las cargas que previamente nos hemos impuesto, de tal forma que el ciclo continuo se completa. Caso aparte merece el deporte que salta por encima del resto de categorías real-ficción, negocio-ocio, serio-frívolo, pues es acontecimiento puro que se desarrolla delante de nuestros ojos; en vivo y en directo, donde se transforman las relaciones entre cuerpos al minuto, de héroe goleador a villano, de guerrero valiente por el que suspiran las jovencitas a repudiado bluff tras el último fallo del penalti al que había sido castigado o condenado el equipo rival. Se criticará que detrás de ese partido no hay nada, que está hinchado por la hinchada, por la prensa, que tal acontecimiento del siglo es un engaño, pero en nada modifica lo que hemos dicho hasta ahora, ser vencedor o ser vencido provoca efectos sociales y políticos, quizás de menor naturaleza que otros acontecimientos pero ahí están la historia del deporte y sus controversias políticas, todo el fenómeno sociológico del fútbol para corroborarlo. Lo que para muchos intelectuales, en particular los de la izquierda, es mero residuo, del capital o de Roma.  

La sociedad de consumo es la sociedad del acontecimiento, o bien a la inversa la sociedad del acontecimiento es la sociedad de consumo. El consumidor intenta llenarse de sentido mediante la compra o adquisición de un objeto que le colma de efectos incorporales, que los demás van a ratificar, o al menos eso es lo que éste cree. Vestido, joya o adorno que recae como un acontecimiento y que reporta un efecto de prestigio, un efecto de pertenencia o de solidaridad. El objeto se consume a modo de fetiche o de amuleto con un significado que no se escapa a los economistas marxistas, su valor no es el de coste objetivable en horas trabajadas, es subjetivo, pertenece a la economía de los signos. Los festivales, los simposios, los congresos, se organizan siguiendo el principio de dar sentido a los calendarios para satisfacer intereses económicos. 



No debemos confundir el acontecimiento como efecto con el hecho real del que mana, pues el primero es el sentido como efecto incorporal que se vierte, el segundo es eso material que pasa en sí mismo, que acontece en el nivel físico. Sólo algún teórico de la metafísica puede confundir lo que un niño ve claro. Insisto en que habrá recalcitrantes que duden sobre qué es lo real, pero lo molecular, lo atómico, los enlaces entre electrones y núcleos se dan o no se dan, incluso cuando se dice que los dos electrones del hidrógeno no pertenecen por igual al núcleo. El agua calma la sed y es sin duda negocio para los pueblos. Sin embargo resulta notorio que las relaciones entre los hechos y los acontecimientos no son sencillas puesto que no son biunívocas ni necesarias ni de razón suficiente. Existen hechos que no trascienden como acontecimientos, múltiples, infinitos, hermosos, ni tan siquiera cabe hablar de méritos desoídos o de injusticias. Por lo demás lo que genera el acontecimiento puede estar mediado por otros signos que transportan los hechos y pueden por tanto proceder de una simulación, de un engaño, pueden ser pseudoacontecimientos según los denomina Sartori, sentidos construidos ex profeso, con fines ocultos o por intereses otros, simulacros por doquier que se levantan para generar sentidos y consensos. No debemos confundirlos con la ficción del cine y del teatro pues estos poseen en sí mismos un grado de facticidad, en la medida en que recrean el acontecimiento, escuela donde se enseñan los conceptos antes de sufrirlos en nuestras carnes. Podemos llamarlos anacontecimientos, acontecimientos de lo que no ha existido nunca, de lo que no fue real en ningún grado en sentido estricto, apariencia que el mago sabe producir por la ilusión que engaña al ojo, simulación que recrea la parte externa, fachada del acontecimiento, pastiche de falsificador que logra captar la sonrisa pero no el gato de Chesire, que no apresa sino la efectuación sin efecto como pólvora que explota sin ruido. Será preciso recuperar estas distinciones cuyo olvido representa la oportunidad para la repetición de los intentos de los timadores y estafadores del sentido, profesionales de la imitación y de la repetición, artistas del simulacro. Es en este sentido que algunos autores han manifestado que la existencia de Egipto se debe en gran parte a los egiptólogos que han reescrito o rehecho la realidad histórica de aquella cultura hasta convertirla en otro ambiente para la decoración, junto con el oriental o provenzal, o en otro género para el cine, la novela de aventuras, o la gastronomía. Resulta difícil no obstante poder valorar el efecto alcanzado por estos grandes egiptólogos si no lo circunscribimos a los propios egiptólogos y sus combates dentro de lo que Bourdieu llamaría campo científico. No podemos olvidar como en otro campo diferente, la paleontología, nos desayunamos a menudo con descubrimientos que suponen todo un hito en el conocimiento y revolucionan los contenidos admitidos hasta entonces. El éxito editorial puede otorgar la sanción que catapulta un guijarro a la categoría de altar milenario, pero en todo caso cabe distinguir, en consonancia con el optimismo de Bourdieu, entre flores de un día y caminos sólidos de cuyo origen no haya memoria ni documento; o lo que es lo mismo entre acontecimientos derivados de hechos que han pasado las pruebas de la verificación y anacontecimientos o simulacros que se fingen para desatar efectos siempre incontrolables. 

No sé si podemos medir y comparar los acontecimientos, posiblemente podamos diferenciar entre unos y otros, en la longitud de su onda expansiva quizás, pero todos se significan por el sentido social y político. Quizá también debamos encontrar otros términos menos rimbombantes para definir este estado de cosas que los aquí utilizados pues corremos el riesgo de que se crea que el acontecimiento es algo escaso y extraordinario y sin embargo es tan frecuente como necesario para donar el sentido y vital para organizar la vida simbólica de las sociedades y de los sujetos. Así lo señala H. Miller al precisar la encrucijada que representa para el sujeto vivir el acontecimiento como una llamada del ser, como una vocación donadora de sentido (1984: 205), la noche que me senté a leer a Dostoyevski por primera vez fue un acontecimiento en mi vida, más importante incluso que mi primer amor. Fue el primer acto deliberado, consciente que tuvo sentido para mí; cambió la faz del mundo por completo. Podemos imaginarnos a H. Miller clavado en su asiento ante el hallazgo inaudito de captar el sentido en el que se le representa su mundo y él mismo, todo su pasado y su porvenir sin limitaciones. Y es frecuente no sólo en momentos inaugurales que dotan de sentido al grupo y a sus partes, pero absolutamente necesario porque el mundo sería mudo, porque sólo tiene sentido para una conciencia que lo vive en sus carnes, que no puede separarse como una cabeza con alas del cuerpo como señalaba Hegel, y es además social porque a la conciencia individual le falta la réplica, lo otro que la dobla y la refleja, para constituirse como caminante del mundo, para echar a andar o rodar llegado el caso.

Efectivamente el sentido es siempre social, lo donan los otros, es la suma de los otros, es hijo del consenso. Nadie puede imaginar un acontecimiento en una isla desierta. La soledad no guarda buenas relaciones con el sentido como atestigua Robinson enloqueciendo antes de que aparezca alguna huella a la que dar nombre de tiempo o de libertad, más allá de la negación que impone Derrida al signo huella, a lo que siempre está desplazado de su origen, a lo que falta a su lugar, remake de Lacan y toda la retahíla de la castración y la falta para la conspiración de la filosofía con la antigua humanitas, la realidad se nutre incluso de aquello que es imaginación, ilusión, seducción, engaño. La nueva antropología del estructuralismo incorpora al dogma la fabulación nietzscheana, la potencia de lo falso, llámese imaginario colectivo, o dios estafador de espíritu burlón. El racionalismo sin descartes. Nadie puede vanagloriarse de tener una rica vida psíquica interior puesto que como exige todo racionalismo para que todo lo real sea racional y por tanto dotado de sentido se debe verificar a través de la dialéctica en el cruce de dos o más conciencias. No podemos soñar acontecimientos, aunque podamos repetirlos exsangües en nuestros deseos, en nuestras fantasías. El sujeto que sueña no aprende, no experimenta lo soñado, porque ese yo no es el yo que los demás reconocen o valoran, no es el yo social, es acaso un yo libidinoso a la caza ansiosa de la lámpara que frotando dé lugar al acontecimiento, en términos lacanianos es el ello que busca el amor de los otros, de los otros ellos, que busca ocupar el lugar imaginario en el que se encuentra él mismo reflejado en el espejo, el otro yo que me dobla y me mira satisfecho, y yo envidio. Y no se logra sin salir de la cama. Pertenecer, formar parte de un grupo, un colectivo sea este una parroquia, una pandilla, una nación, no son ilusiones o pulsiones de retorno a la animalidad, el espíritu o el deseo es el sentido, es el que da el sentido, es el que nos constituye como seres humanos racionales. Y esa imagen soñada o ensoñada, proyecto de beso o de felicidad, ese imaginario no es sexual, ni es edípico, error de la vulgarización simplista de los freudianos, es social, abiertamente social. El reconocimiento es exigido, verme en esta imagen con mi rostro exige que me vean los otros, mi prole, mis vecinos. El coche del futuro incorporará una cámara exterior para vernos pilotar nuestro yo desde fuera.

El sentido del acontecimiento es social y político. Tal es la tesis defendida hasta aquí. La nación no es una ilusión sino acaso una frontera o un límite desde el que dotarse de sentido. Es el otro al que dejamos sea el Otro que nos felicite por ser padre, o por ser un buen mecánico, al que dejamos nos mire en la calle y observe la diferencia entre su ropa y la mía y por tanto entre su destino y el mío. Es el Otro espejo con el que tenemos relaciones. El albanés, el marroquí, el senegalés, queda demasiado lejos, su lengua no la entiendo, lo excluyo de toda consideración, su acontecimiento es ser paria, intocable, innombrable, inobservable, existe sólo como parte del acontecimiento del empresario que lo contrata. El acontecimiento posee unas relaciones privilegiadas con los poderes, necesita el poder político para que su efecto sea mantenido, requiere de la sanción legal que sirva de garantía de autenticidad. Lo saben bien los que dictan las normas, los jubilados incluso, todos los que agonizan. Esa relación con el poder análoga a la que tiene el Estado con la Razón Ilustrada es la que posibilita que el hecho se torne acontecimiento y dona el sentido como efecto duradero o definitivo. Es el médico titulado y colegiado el que dicta el veredicto del acontecimiento de estar enfermo, de estar desahuciado, condenado a una efímera prórroga. La usurpación del poder puede conferir un efecto simulado, podrá como dice Derrida (Deleuze, 1989) triunfar el falso pretendiente y el simulacro aparentará ser Ulises, pero siempre en el eterno retorno de la pesadez y de las fuerzas activas el trono permanece inmutable, pues de qué sirve cambiar los agentes si las normas no cambian, si todo cambia para que continúe igual, a despecho de la bodega del marqués de Lampedusa. Es el poder el que registra las propiedades, el que otorga regalías y derechos, el que decide en última instancia qué es verdadero y que es falso, qué soporta la prueba de la verdad, qué la supera.

El poder funda el sentido del acontecimiento aunque él mismo esté “defundado”. No podíamos esperar otro resultado porque el acontecimiento destituye la esencia de verdad por la facticidad de lo que sucede en tanto que da un sentido a los cuerpos. El bedel podrá decir se abre la sesión, como bien señala Pardo, pero el acontecimiento no se producirá, otra categoría no aristotélica se lo impide. No faltan ejemplos de revoluciones y desposesiones, como tampoco cambios bruscos en los reconocimientos de sus agentes y sus herencias; en última instancia y en el tiempo geológico o cósmico, todo es provisional, todo es defundamento, simulacro, escenario en el que salen volando los decorados y los ropajes, donde desnudo queda Ulises tras el naufragio pero dispuesto a recuperar su lugar debido en la historia, el derecho a hacer la historia, a crear el sentido, camino que sólo se traza en la voluntad de poder y en litigio con todos los poderes que como aseguraba Foucault atraviesan el teatro del mundo, el escenario del sentido.

Pero el sentido es también superficial, descubrir el sentido exige el descubrimiento de las superficies, como Alicia en su viaje a través de los números de Carroll. Pues el sentido habita la superficie simbólica de las cosas, es etiqueta que se adhiere sobre la superficie material y que sitúa simbólicamente a la cosa en el mundo. Podemos leer vendido, reservado, rebajado, y estaremos nombrando la cosa misma, el sentido que la dobla sobre su pura ontología. No son las normas del juego lo que propone el acontecimiento y su sentido, sino el valor mismo de lo que jugamos y con lo que jugamos. Y es la vida lo que jugamos, lo que está en juego. Sólo si se adhiere la etiqueta como un sello demasiado mojado y se desliza sobre nuestros cuerpos podemos intentar burlar a la muerte su destino en un baile de stripper. Pero no podremos cantar victoria pues muy poco tiempo permanece nada desnudo, descatalogado, desetiquetado, rápidamente caerá sobre nosotros el arquetipo tal o la representación otra, momento de fulgor para intentar gozar como Edipo de nuestras madres o hermanas, a riesgo de pecar, de ser malditos, recayendo el acontecimiento mismo de ser hombre, sobre el hombre, Edipizar diría Crisipo, acontecer el acontecimiento en estado puro, o bien contraefectuarlo, velocidad de la luz, beneficio de lo imperceptible, energía en estado puro, la muerte otra vez de la materia.

Y es repetitivo, poco original en verdad. El sentido se repite, nos repite, es hijo de la repetición. Jamás el tablero tuvo infinitas casillas pues todas son exponentes. Ante el enigma de aquello que sólo sucede una vez, Jacques Derrida (1988: 168) lo dice con acierto, lo que sucede una vez “n´a pas de sens, pas de présence, pas de lisibilité”, su presencia no es absoluta, es como una letra borrosa en el límite de nuestra miopía que nos resulta indecidible, ilegible por tanto, ininteligible. Su presencia es un enigma, como los términos que sólo aparecen una vez, hápax, que no podemos identificar estableciendo analogías, semejanzas, o contraposiciones; la cuádruple raíz de la representación dimite de su poder en las orillas de lo que sucede sólo una vez. Por tanto la repetición resulta el bien más codiciado para la investigación, o para la conciencia.
  
Aquello único o singular será mudo pero tampoco será puro. No existe la pureza, el original, el ser como tal que expresa la singularidad única como Verdad revelada. Platón, que es el látigo de los sofistas, expulsa de su República ideal a los poetas, por mentirosos y fingidores. Se ha dicho que lo queda después del hombre es el hombre, su voluntad, su conatus ciego que le insta a seguir, su afán de perseverar, sus pasiones, el amor o el odio, amar u odiar los acontecimientos que vivimos, lo que nos pasa. El Amor o el Odio son pasiones que convierten a los sujetos que las sufren en víctimas, retienen el sentido de pasión teologal o de víctima de sacrificio ante el altar del Amor, o del Odio, pero no son pasivos, son poderosos, elevan a la máxima potencia su propio ser, sincronizan la potencia de la metamorfosis y de lo oculto o lo escondido, el monstruo de Hide, están en el lugar que ocupa el hombre, valen lo que vale el hombre. El Amor y el Odio son dos de esas figuras alegóricas que la Edad Media representaba como Ideas, como seres genéricos o universales. Su existencia trajo de cabeza a todos los pensadores medievales hasta que Ockham impuso las malas noticias. Convenimos que su estatuto ya no puede ser esa idealidad de género, residuo de las Ideas platónicas, responde más bien a lo que llamaríamos aquello que pasa, evento, acontecimiento, en la línea de los estoicos. Acontecimiento de Amar, de Odiar, de vivir los Acontecimientos. Estamos de nuevo en la tesitura de expulsar a todos los cronistas mentirosos, a los basureros del arte, de la moral, de la política, al menos en la República que soñamos, la que vivimos en las revoluciones cotidianas del sentido común y político. Y todo lo demás debe ser silencio, la basura que producimos sin remedio como acontecimientos.